viernes 21 de octubre de 2011

Crónicas desde el (hoy un poco menos) infierno XLV

Hoy, para mi, como vasco, es un día grande, un día de celebración y de recuerdo. Un día para la esperanza. Ayer, día 20 de octubre de 2011, día que ojalá pase a la historia, ETA anunció en un comunicado a través del diario GARA el "cese definitivo de la actividad armada", y lo hace sin exigencias políticas, sin reconocerse depositaria de ningún derecho político sobre la sociedad vasca. 
No quiero hacer, aquí, ninguna valoración política al respecto. Ni ofrecer mis opiniones sobre cómo ha de gestionarse este final. Sólo quiero hacer una valoración personal, biográfica casi, a través de mis propias vivencias respecto del terrorismo. 
Mi primer recuerdo que tenga que ver con su actividad fue cuando, siendo yo muy joven y estando de vacaciones, sin tener ninguna conciencia política, preocupado sólo por disfrutar de mis juguetes, otro niño algo mayor con el que yo quise jugar, en el hotel, me llamó "asesino" y "terrorista". Yo no lo entendí entonces. Ahora veo que él era sólo otro niño que, probablemente influenciado por las opiniones de sus padres o por el poco conocimiento que tendría de Euskadi, creyó que el ser vasco me convertía en un asesino. 
Mi segundo recuerdo sobre el terrorismo fue un par de años después, cuando tenía casi ocho años cuando, aunque de forma muy básica, empezaba a comprender lo que sucedía. Recuerdo el telediario, las noticias... Recuerdo las caras de mis padres aquel fin de semana de verano de 1997. Mi entendimiento era sumamente primario. Pero empezaba a entender lo que sucedía. 
Tal es el daño que ha causado ETA, asesinando a más de ochocientas personas, y colocando una cruz sobre la sociedad vasca. Avergonzándonos, asegurando que mataban en nuestro nombre. 
Desde entonces han sido algunas las experiencias que viví, desde el escolta que veía todas las mañanas, antes de coger el autobús que me llevaría al colegio, hasta los controles anti terroristas en la frontera de Irún, cada vez que volvía de Francia, donde estudiaba, y donde, en mayo de 2008, a pocas manzanas de mi casa (700 metros), por un edificio frente al cual pasaba todos los días, detuvieron a la cúpula de entonces. 
En el extranjero, ser vasco era venir de ese lugar en el convivían el flamante Guggenheim y el terrorismo, y no necesariamente en ese orden. 
Yo no soy nadie. Nunca he sido nadie. Sólo un vasco más, uno cualquiera. Un vasco ahora esperanzado, que sabe que este no es el final, pero que este puede serlo. Habrá discusiones sobre qué hacer ahora, qué pasos seguir... Habrá quien quiera liberar de inmediato a Otegi, acercar a los presos, habrá quien quiera esperar... Habrá quien tenga unas exigencias, quien tenga otras... No entro en ese debate. Yo, en cualquier caso, confío en la sociedad vasca. Una sociedad en la que, ahora, cualquier ideología política, todas ellas respetables, puedan ser discutidas en igualdad de condiciones, y pueda ser una ciudadanía en paz la que decida.
Quiero recordar a todas las víctimas de ETA, y honrar a sus familias y amigos, y agradecer a las anteriores generaciones de vascos su lucha para que, ojalá, yo pueda vivir la mayor parte de mi vida en una Euskadi en paz. 
Hoy es un día para la esperanza y el recuerdo.